Belle de jour
He llegado a pensar que los guardas que abren la puerta en mi condominio deben de asumir que soy una prostituta a medio tiempo. De día salgo con una enagua, mallas oscuras y unos Dr. Martens que se vienen destiñendo desde mis catorce. Alrededor de las 6 p.m., tres veces por semana salgo vestida como una señorita. No uso jeans ni botas, disimulo mi escote natural lo más que puedo, trato de esconder ese lado de mi cabeza que está notablemente rapado con pelo del otro lado, y el largo de las enaguas aumenta considerablemente. Los fines de semana casi no salgo durante el día –ellos no saben que es porque leo Panofsky- y de noche me pongo tacones altos, enaguas cortas, y abrigos de faux fur.
Salgo sola. Vuelvo sola. ¿Quién diría que voy al cine, a bailar a un bar gay, a tomar con mis amigas? Nadie.
Cualquier privilegiado espectador de estos súbitos cambios de vestuario pensaría una o todas estas cosas:
- Es una huérfana* con trastorno de personalidad y/o personalidades múltiples.
- Es un tercio estudiante, otro tercio secretaria (¿cómo van a adivinar por mi vestuario de 6 a 9 que doy clases de inglés?), y cuando le sobra tiempo y necesita cash es puta.
- Le gusta disfrazarse y hacerle pensar a la gente que tiene gemelas.
Me bajo del taxi poco antes de las 11 p.m. y me río para mis adentros poniéndome en los zapatos de José –así se llama ese guarda-, quién seguramente debe de estarse imaginando mi ropa interior, o el condón usado en el basurero de mi cliente. Yo, en cambio, entro a la casa, me quito los zapatos de trabajadora y sigo leyendo lo que dejé a medias sobre pintura flamenca. Mi calzón sigue en la misma posición de cuando salí.

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* Mi familia no vive en el país.