Rojo oscuro

No fue porque mi mamá fuera cuadrapléjica que mi adolescencia resultó como resultó.

En el colegio me iba bien. No espectacular. Bien. Sacaba notas de las que nadie se quejaba, tampoco merecían halagos. Así lograba pasar relativamente desapercibida con mis profesores, y en la casa no había nada que reclamarme. Podía fingir que no existía y escaparme todas las tardes después de clases a ser mi propia compañía.
Tampoco tenía amigos. No realmente. Sólo estaba esa gente que finge interés por un mero asunto de inercia social, a la cual no se le puede llamar amigos. Yo estaba ahí, en ese colegio, en ese grado. Ellos también. Eso era todo.
Pero las tardes estaban reservadas a la única persona que no esperaba de mí que fuera normal. Yo misma. Yo y el parque. O yo y vacíos espacios urbanos, que por paradoja llenaban mi inconformidad con la mera existencia.

Mi mamá era cuadrapléjica. Pero no es por eso que me suicidé.

El silencio me dejaba oír las hojas rozando las unas con las otras en el árbol del parque detrás de mi casa. El viento no era violento aún, era como si los rayos del sol –los rayos amarillos y suaves de las cuatro y media- se llevaran consigo al viento, para bailar al mismo ritmo. Juntos. Ni siquiera estaban los pájaros para hacerme compañía. Éramos yo y yo, el viento y el sol. La banda sonora nos la ponían las hojas del árbol. Había banquitas en el parque, pero preferí sentarme en el columpio. Estaba tan herrumbrado que ni siquiera se mecía con el pobre viento que soplaba. El columpio moviéndose bajo mi peso y el roce de las hojas tocaban sincronizados algo como una canción de despedida, o de bienvenida.

Mi papá me había regalado la navaja. Era bonita, no de esas que andan los pintas para asaltar a la gente, que se abren presionando un botón que empuja un resorte y suelta la navaja automáticamente. La mía tenía mango de algún tipo de madera, hermosa, llena de vetas, madera pulida pero opaca, sin brillos ni lacas. Era de acero inoxidable. Se abría a mano, sacando la navaja con la uña del pulgar. Como se hace con los Swiss Army. Sí, así, pero más fina.

Cuando me empezó a gotear la sangre sobre los zapatos, cerré los ojos. Quería oír mi banda sonora con más intensidad. Siempre me gustó la música. Nadie pasó por el parque mientras me desangraba a ojos cerrados. No sé cuántos minutos habrán pasado, cuántas horas. Cuando abrí los ojos era de noche, una noche temprana. Probablemente eran las seis. Y mi papá debía de estar preparando la cena. Pescado empanizado congelado, de nuevo. Igual que el miércoles y el lunes. Igual que todas las semanas. No es que mi mamá cocinara antes de volverse un vegetal. Pero entre mujeres se recomiendan recetas y variaciones para el menú de la semana. Mi papá trabajaba. Y no sabía nada de cocina.
Me suicidé para nunca tener que aprender a cocinar.

Morí con las medias empapadas de rojo oscuro. Casi marrón. Aún así, era rojo.