Estoy segura de que a todos nos pasa. Cuando leo la descripción de una habitación, de un espacio, de una casa, en un libro o cualquier tipo de texto, proyecto mis recuerdos, las imágenes dormidas en una curva de mi cerebro, en lo que la descripción intenta construir. Es verdad que el lector completa la obra, en muchos casos como un rompecabezas en el que no vienen todas las piezas, y casualmente quien interactúa con ella tiene los pedazos faltantes en los bolsillos, y parecen acomodarse.

Por eso siempre he pensado que todo acto es egoísta, toda expresión egocéntrica, y toda creación reflexiva.